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“Si la lógica de la falsa conciencia no puede conocerse verídicamente, la búsqueda de la verdad crítica sobre el espectáculo debe ser también una crítica verdadera. Tiene que combatir, en la práctica, entre los enemigos irreconciliables del espectáculo, y admitir estar ausente allí donde lo están ellos. Son las leyes del pensamiento dominante, el punto de vista exclusivo de la actualidad, que reconoce la voluntad abstracta de la eficacia inmediata cuando se arroja hacia las concesiones del reformismo o de la acción común de los restos seudo-revolucionarios. Con ello el delirio se reconstituye dentro de la misma posición que pretende combatirlo. Por el contrario, la crítica que trasciende el espectáculo, debe saber esperar.”

Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo

Las tesis que se presentan a continuación no pretenden decir la última palabra sobre el tema que tratan. Son más bien un conjunto de pistas que en algunos casos podrán ser seguidas, profundizadas, y en otros, sencillamente abandonadas. Si logramos dar algunos puntos de referencia (históricos, entre otros) a una crítica que todavía se busca a sí misma, alcanzaremos plenamente nuestro fin.

Asimismo pensamos que ni este texto ni ningún otro podrá, por la sola fuerza de la teoría, derribar el ciudadanismo. La verdadera crítica del ciudadanismo no se hará sobre el papel, sino que será el resultado de un movimiento social que deberá forzosamente contener esta crítica, lo que no será, ni de lejos, su único mérito. Es el orden social al completo lo que será puesto en cuestión a través del ciudadanismo, precisamente porque éste orden lo contiene.

El momento nos parece adecuado para iniciar esta crítica. Si el ciudadanismo, en sus inicios, ha podido mantener cierta confusión alrededor de lo que era realmente, hoy en día, sin embargo, se ve forzado debido a su propio éxito a avanzar cada vez más a cara descubierta. A más o menos corto plazo deberá mostrar su verdadero rostro. Este texto trata de anticipar este desenmascaramiento, para que por lo menos no nos pille desprevenidos y sepamos reaccionar de forma apropiada.

I.- Definición previa

Nos limitaremos a dar una definición introductoria del ciudadanismo, es decir, que se centrará únicamente en lo más evidente. El objetivo de este texto será empezar a definirlo de una manera más precisa.

Por ciudadanismo, entendemos en principio una ideología cuyos rasgos principales son 1) la creencia de que la democracia es capaz de oponerse al capitalismo 2) el proyecto de reforzar el Estado (o los Estados) para poner en marcha esta política 3) los ciudadanos como base activa de esta política.

La finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo, volverlo más justo, proporcionarle de alguna forma, un suplemento de alma. La lucha de clases es sustituida aquí por la participación política de los ciudadanos, que no sólo deben elegir a sus representantes, sino además actuar constantemente para hacer presión sobre ellos, con el fin de que apliquen aquello para lo que fueron elegidos. Naturalmente los ciudadanos no deben en ningún caso sustituir a los poderes públicos. Pueden, de vez en cuando, practicar lo que Ignacio Ramonet ha llamado la “desobediencia cívica” (ya no “civil”, término que recuerda con excesiva incomodidad a la “guerra civil”), para obligar a los poderes públicos a cambiar de política.

El estatuto jurídico de “ciudadano”, entendido simplemente como natural de un Estado, adquiere un contenido positivo, incluso ofensivo. En cuanto adjetivo, “ciudadano” describe en general todo lo que es bueno y generoso, aplicado y consciente de sus responsabilidades, y más generalmente, como se decía antaño, “social”. Es en este sentido que podemos hablar de “empresa ciudadana”, de “debate ciudadano”, de “cine ciudadano”, etc.

Esta ideología se manifiesta a través de una nebulosa de asociaciones, de sindicatos, de órganos de prensa y de partidos políticos. En Francia tenemos asociaciones como ATTAC, los amigos de “Monde Diplomatique”, AC! [actuar juntos contra el paro], Droit au Logement [Derecho a Techo], APOC [objetores de conciencia], la Ligue des Droits de l\’Homme [Liga de Derechos Humanos], la red Sortir du nucléaire [Salir de lo nuclear], etc.. Vale la pena señalar que la mayoría de las personas que militan en el seno de este movimiento forman a menudo parte de varias asociaciones a la vez. En el plano sindical, tenemos a la CGT [vinculado al Partido Comunista Francés], SUD [fundado por trotskistas], la Confédération Paysanne, la UNEF [Unión Nacional de los Estudiantes de Francia], etc. En cuanto a los partidos políticos están representados por los partidos trotskistas y los Verdes. Sin embargo, los partidos políticos tienen un estatuto distinto, pero dejaremos esta cuestión para más adelante. A la extrema izquierda del ciudadanismo, podemos incluir a la Fédération Anarchiste, la CNT y los anarquistas antifascistas, que en la mayoría de los casos van a remolque de los movimientos ciudadanistas para añadir su grano de arena libertario, pero que se hallan de hecho en el mismo terreno.

A escala mundial, tenemos movimientos como Greenpeace, etc., y todos aquellos sindicatos, asociaciones, lobbies, tercermundistas, etc., que se encontraron en Seattle.

Dar aquí una lista completa sería pesado. Lo importante es que todas estas agrupaciones se encuentran ideológicamente en el mismo terreno, con variantes locales. El ciudadanismo es ahora un movimiento mundial, que descansa sobre una ideología común. De Seattle a Belgrado,

de Ecuador a Chiapas, asistimos al auge de dicho movimiento, y ahora se trata, tanto para él como para nosotros, de saber qué camino emprenderá y hasta dónde puede llegar.

II.- Premisas y fundamentos

Las raíces del ciudadanismo deben buscarse en la disolución del viejo movimiento obrero. Las causas de esta disolución se encuentran tanto en la integración de la vieja comunidad obrera como en el fracaso manifiesto de su proyecto histórico, el cual ha podido manifestarse bajo formas extremadamente diversas (digamos, del marxismo-leninismo a los consejistas). Este proyecto llamaba, en sus diversas manifestaciones, a que el proletariado retomase el modo de producción capitalista, modo de producción del que son sus hijos y por consiguiente sus herederos. El crecimiento de las fuerzas productivas, en esta visión del mundo, también era la marcha hacia la revolución, el movimiento real a través del cual el proletariado se constituía como futura clase dominante (la dictadura del proletariado), dominación que conducía posteriormente (tras una problemática “fase de transición”) al comunismo. El fracaso real de este proyecto tuvo lugar durante los años veinte, y en 1936-38 en España. El movimiento internacional de los años 60 (1968), a menudo ha sido considerado “el segundo asalto proletario contra la sociedad de clase”, después del que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX.

Con la crisis y la puesta en marcha de la mundialización en su forma moderna, los años 70 y luego los 80 marcan el ocaso y la desaparición de este proyecto histórico. Esta mundialización se caracteriza por la creciente automatización, es decir, por el paro en masa y la deslocalización productiva hacia los países más pobres, expulsando fuera de las fábricas al viejo proletariado industrial de los países más desarrollados. Se observa aquí una tendencia empresarial a “deshacerse”, al menos formalmente, de buena parte del sector productivo para relegarlo a la subcontratación, para idealmente no ocuparse más que de marketing y especulación. Es lo que los ciudadanistas llaman la “financiarización del capital”. Una empresa como Coca-Cola no posee actualmente, de forma directa, prácticamente ninguna unidad de producción, y se conforma con “gestionar la marca”, con hacer fructificar su capital bursátil y “reinvertir” comprando la competencia más pequeña, a la que anteriormente ya había forzado a la deslocalización, etc. Existe un doble movimiento de concentración del capital y de fragmentación de la producción. Un coche puede componerse de para-choques fabricados en México, de componentes electrónicos de Taiwan, siendo el conjunto ensamblado en Alemania mientras los beneficios circulan por Wall-Street.

En cuanto a los Estados, acompañan esta mundialización deshaciéndose del sector público heredado de la economía de guerra (desnacionalización), “flexibilizando” y reduciendo el coste del trabajo tanto como sea posible. Esto tiene como resultado en Francia la Ley de las 35 horas que tanto reclamó a diestro y siniestro el movimiento ciudadanista (en sus manifestaciones oficiales cuanto menos), el movimiento de parados de 1998 y el PARE [Plan de ayuda para la vuelta al trabajo].

La llegada de la izquierda al poder en 1981 y el movimiento de estudiantes y de ferroviarios en 1986, son puntos de referencia que nos permiten situar el progreso de esta disolución y el reemplazo del viejo movimiento obrero por el ciudadanismo, en el marco de la mundialización.

El movimiento de 1968, en Francia como en el resto del mundo, ha sido en efecto, “el último asalto contra la sociedad de clases”. Su fracaso marca la liquidación histórica de lo que hasta ese momento fue el sueño de la asunción histórica del proletariado como proletariado, es decir, como clase trabajadora. La autogestión y los consejos obreros han sido el límite más extremo de este movimiento. No nos arrepentimos. Después de esos años, también ha sido liquidada toda una contestación social mucha más amplia y multiforme, mientras se abatía sobre el mundo la pesada capa de plomo de los años ochenta.

A pesar de que todavía se pueda oír en las manifestaciones el eslogan “todo es nuestro, nada es de ellos”, es exactamente lo contrario a la realidad, y siempre ha sido así. Obviamente, hace referencia a un ilusorio “reparto de la riqueza” (¿y de qué riquezas podemos hablar hoy?), pero proviene directamente del viejo movimiento obrero que pretendía gestionar por sí mismo el mundo capitalista. Se vislumbra en esa frase a la vez un resurgir, una continuidad y una tergiversación de los ideales del viejo movimiento obrero (evidentemente en lo que tenía de menos revolucionario) por parte del ciudadanismo. Es lo que llaman el arte de aprovechar los restos. Más adelante volveremos sobre este punto.

La desaparición de la conciencia de clase y de su proyecto histórico, agotados tras el estallido y la parcelación del trabajo, tras la desaparición progresiva de la gran fábrica “comunitaria” así como la precarización laboral (todo ello resultado no de un complot que trata de amordazar al proletariado, sino del proceso de acumulación del capital que ha conducido a la mundialización actual), han dejado al proletariado afónico. Éste llega incluso a dudar de su propia existencia, duda que ha sido enardecida por gran número de intelectuales y por lo que Debord definió como el “espectáculo integrado”, que no es más que la integración al espectáculo.

Ante esta ausencia de perspectivas, la lucha de clases únicamente podía encerrarse en luchas defensivas, a veces muy violentas, como en el caso de Inglaterra. Pero esta energía era sobretodo la energía de la desesperación. También se puede resaltar que esta pérdida de perspectivas positivas se ha manifestado a menudo, en las personas que han vivido los años 60-70, por una desesperación personal muy real llevada a veces hasta sus últimas consecuencias, el suicidio o el terrorismo.

El ciudadanismo se inscribe pues en este marco: enterrada la revolución, cuando ya ninguna fuerza se sentía capaz de emprender la transformación radical del mundo y en vista de que la explotación seguía su curso, era necesario que se expresara alguna forma de contestación. Esta fue el ciudadanismo.

Su acto oficial de nacimiento puede situarse en el transcurso de la agitación de diciembre de 1995 [en Francia]. Este movimiento, nacido sobre la base real de la oposición a la privatización del sector público y al consiguiente empeoramiento de las condiciones de trabajo y la pérdida del propio sentido del trabajo, no podía en esa situación manifestarse sino como defensa del sector público y no como cuestionamiento de la lógica capitalista en general, tal y como se manifiesta en el servicio público. La defensa de dicho sector implica lógicamente que se considera que dicho sector está, o debería estar, fuera de la lógica capitalista. No fue una buena crítica la que se le hizo a este movimiento cuando se le reprochó ser un movimiento de privilegiados, o sencillamente de egoístas corporativistas. Pero sí se puede constatar que incluso las acciones más generosas o radicales de este movimiento contenían los mismos límites. Abastecer gratuitamente todos los hogares de electricidad, es una cosa: reflexionar sobre la producción y el uso de la energía es otra. Se puede ver en estas acciones que el Estado es concebido como una comunidad parasitada por el capital, capital que se interpone entre los ciudadanos-usuarios y el Estado. El ciudadanismo no dice otra cosa.

Podemos ver que el ciudadanismo no podría recuperar un movimiento que fuese más radical. Por el momento, tal movimiento sencillamente no existe. El ciudadanismo se desarrolla como ideología producida necesariamente por una sociedad que no concibe perspectivas de superación [del sistema].

También podemos resaltar que el movimiento de 1995, fecha de nacimiento del ciudadanismo, fue un fracaso, hasta en sus limitados objetivos básicos. La privatización del sector público sigue viento en popa y tal sector puede incluso situarse en la vanguardia de la ideología de lo privado, en cuanto empresa participativa, de implicación en la gestión, etc. En él, hay despidos masivos, se genera cada vez más precariedad laboral, el denominado “trabajo-joven”, se suprimen puestos de trabajo y se sobrecarga los que quedan. También el sector público está en primera línea respecto a la aplicación de la ley de las 35 horas, es decir, a la flexibilización. Una vez más, si fuera necesario, podemos ver que la lógica del Estado y la del capital no se oponen en absoluto, lo que constituye una de las limitaciones internas del ciudadanismo.

III.- La relación con el Estado, el reformismo y el Keynesianismo.

La relación del ciudadanismo con el Estado es a la vez de oposición y de apoyo, pongamos de apoyo crítico. Puede oponerse al Estado, pero no puede prescindir de la legitimidad que le ofrece. Los movimientos ciudadanistas deben convertirse rápidamente en interlocutores y para ello, algunas veces deben emprender acciones “radicales”, es decir, ilegales o espectaculares. Se trata a la vez de situarse en posición de víctima, de coger al Estado en falta (es decir, oponer el Estado ideal al Estado real) y de llegar lo más rápidamente posible a la mesa de negociaciones. La llegada de los CRS [Cuerpos de Seguridad Republicanos, antidisturbios] viene a confirmar que los ciudadanistas han sido entendidos. Naturalmente, todo esto debe suceder bajo la mirada de las cámaras. Aquí,

la represión es la precursora de los movimientos ciudadanistas: el enfrentamiento ya no es como en otros tiempos el momento en que se mide la relación de fuerzas, sino que consiste en una legitimación simbólica. De ahí, por ejemplo, el malentendido entre René Riesel [ex-miembro de la Internacional Situacionista] y algunos otros de la Confédération Paysanne que pretendían generar esta relación de fuerzas, y José Bové (y manifiestamente la mayor parte de la Confédération), que a través de una acción espectacular pretendían hacer de su movimiento un interlocutor con el Estado, en lo que de hecho se obtuvo un logro parcial.

El propio Estado acepta generosamente estas prácticas, y cualquiera puede hoy hacer una pequeña manifestación, por ejemplo, bloquear la periferia y ser recibido oficialmente a continuación para exponer sus reivindicaciones. Los ciudadanistas se indignan con este estado de cosas que han contribuido a crear, pensando que, aún y así, no se debe molestar al Estado por minucias. Los interlocutores privilegiados ven con malos ojos a los parásitos y demás aves de rapiña de la democracia.

Asimismo, algunas prácticas ciudadanistas son promovidas directamente por el Estado, como lo demuestran las “conferencias ciudadanas” o “los debates de ciudadanos” con las cuales el Estado se arroga el “dar la palabra a los ciudadanos”. Es interesante ver hasta qué punto este movimiento se conforma con cualquier sucedáneo de diálogo, y están dispuestos a ceder en cualquier cosa con tal de que se les escuche y que los expertos hayan “atendido a sus inquietudes”. El Estado juega aquí el rol de mediador entre la “sociedad civil” y las instancias económicas, del mismo modo que los ciudadanistas harán de intermediarios entre el programa del Estado (que no es otra cosa que la correa de transmisión de la dinámica del capital) revisado de forma crítica, y la “sociedad civil”. Se ha visto con la ley de las 35 horas. Los ciudadanistas juegan aquí el papel otorgado anteriormente a los sindicatos en el mundo del trabajo, para todo lo que se denomina “problemas de la sociedad”. La amplitud de la mistificación muestra también la amplitud del campo de la contestación posible, que se ha extendido a todos los aspectos de la sociedad.

En su relación con el Estado, los ciudadanistas ­por lo menos en Francia- empiezan a enfermar a consecuencia de su victoria. Cada vez más, el movimiento se escinde y se recompone entre los que tienden a confiar en el poder (a la izquierda), y los más radicales, que quieren continuar la lucha. Pero el problema esencial ha quedado planteado. Una vez que la izquierda llegue al poder ¿a quién más podrían votar? ¿Hacen falta más Verdes en el gobierno, o deben éstos retirarse del poder para ejercer más favorablemente su papel de oposición? Pero, ¿para qué sirve un partido político, si no es para entrar en la arena democrática?

El ciudadanismo es por propia constitución incapaz de concentrarse en un partido, por lo menos en las sociedades democráticas que conocemos. Haría falta una dictadura o una democracia autoritaria para que las aspiraciones de la pequeña y la mediana burguesía entrasen en resonancia con una contestación más amplia, y lograsen organizar un partido democrático de oposición radical. Lo hemos visto en Belgrado o en Venezuela con el nacional-populismo de Chávez. En cambio, allí donde hay democracia los partidos que representan las aspiraciones de esta pequeña y mediana burguesía ya existen, y es precisamente de este sistema de partidos del que gran parte de los ciudadanistas ya no se fían. En los países más desarrollados, el ciudadanismo se concentra esencialmente alrededor de un deseo de democracia más directa, “participativa”, de una democracia de “ciudadanos”. Naturalmente no proponen ningún modo de conseguirlo, y este deseo de democracia directa acaba, como siempre, ante las urnas o en la abstención impotente.

Desde este punto de vista, los Verdes ofrecen un espectáculo interesante puesto que manifiestan este límite del ciudadanismo. Surgidos de los movimientos ecologistas de los años 70, han sabido mantenerse a flote durante los años 80. Pero siguen basándose en el viejo modelo de partido, una forma jerarquizada que es antinómica a la naturaleza nebulosa de las fuerzas vivas del ciudadanismo. Debido a su propia naturaleza, corrían pues el riesgo de hallarse frente a la experiencia real del poder, que es lo que acabó por suceder. De hecho, este es el último riesgo político que corren los “reformistas”, el de gobernar. Militar en este cuadro no está siempre exento de consecuencias, como los Verdes han podido comprobar a sus expensas.

Lo que permite bordear el riesgo, es el “lobbying”. Los lobbies no ejercen nunca el poder de forma directa. Por lo tanto, no se les puede imputar los “fracasos” del Estado. El militantismo del “lobbying” no tiene fin, en todos los sentidos del término. He aquí algo enormemente satisfactorio para las personas que deseen compromiso sin correr demasiados riesgos políticos. En un lobby, uno se encuentra entre los suyos, no es necesario buscar una base social, como ocurre con los partidos clásicos, usando medios más o menos demagógicos. Uno puede con toda tranquilidad, mostrarse “radical”. Uno puede hacer tranquilamente de consejero crítico del Príncipe, sin tener que afrontar las dificultades de gobernar. Uno puede lamentar eternamente la falta de “voluntad política” en materia nuclear, de inmigración o de salud pública, sin necesidad de considerar, en lo más mínimo, lo que un Estado puede hacer efectivamente en el contexto capitalista.

Uno de los ejemplos más delirantes de ello es la inenarrable asociación ATTAC. Es sobremanera conocido que la idea misma de una tasación de las transacciones bursátiles hace contorsionarse de hilaridad al economista más estúpido. Resulta evidente que la aplicación en un solo Estado de esta tasación lo sumiría en una profunda crisis y que es visiblemente imposible la aplicación mundial de esta medida. Salta a la vista que incluso en el caso de que una organización como la OMC, presa de un arrebato de locura, predicara esta medida, el rechazo mundial sería tal que no le quedaría más remedio que dejarlo de nuevo en su cajón. Y para llevarlo al absurdo, si tal medida fuera aplicada, se seguiría automáticamente un aumento mundial de la explotación, para corregir las pérdidas.

Todo ello no impide a los economistas de ATTAC pregonar sobre este asunto con curvas y gráficas, ante la indiferencia socarrona de quienes ejercen el poder. Estarán dispuestos a recibirlos de vez en cuando, para reírse un rato, y sobretodo para mostrar hasta qué punto el Estado muestra atención hacia todas las propuestas que los ciudadanos estén dispuestos a hacer. De todas formas, hay que conceder a ATTAC el mérito de haber introducido, en una disciplina tan siniestra como es la económica, ese elemento cómico del que carecía.

Vemos aquí que su impotencia no es todavía un problema para el ciudadanismo. Casi nadie piensa en juzgarlo sobre la base de sus resultados, puesto que la urgencia de obtener resultados todavía no se ha hecho sentir. Cuando esto empiece a hacerse a gran escala, es indudable que ya no le quedará mucho tiempo.

Llegados a este punto, no podemos dejar de evocar la cuestión del “reformismo” ciudadanista. Sabemos que los ciudadanistas asumen de buena gana este calificativo. Se entiende que quieren, a través del empleo de este término, sugerir que son más pragmáticos y más realistas que los malditos idealistas revolucionarios. Y efectivamente, podemos ver hasta dónde llega su pragmatismo y su realismo con una asociación como ATTAC.

En cualquier caso nosotros, pobres revolucionarios, compensamos nuestra falta de pragmatismo con la mala costumbre de juzgar a menudo las cosas recurriendo a la historia, es decir, a lo que realmente se ha producido hasta ahora. Y estamos forzados a constatar que el reformismo surge siempre en los momentos de crisis del capitalismo. El Front Populaire [Frente Popular], por ejemplo, era reformista. En un momento en que la insurrección obrera era generalizada, en que las fábricas estaban ocupadas, entre otras respuestas, el Front Populaire daba vacaciones pagadas a los obreros y las obreras, cosa que jamás había sido reivindicada. Keynes también era reformista, y la crisis de 1929 tuvo algo que ver. Sin embargo actualmente no hay huelgas insurreccionales, ni crisis de las inversiones, ni bajadas significativas del consumo. Incluso la reciente y relativa subida de los tipos de interés, tras un decenio de bajada continua, y la muy previsible “debacle” de los “valores tecnológicos”, son percibidos más bien como una consolidación de los mercados que como un riesgo de crisis. No hay actualmente ninguna crisis real del capital. No debería pues de haber reformistas.

Por otro lado, todas las reformas emprendidas en el capitalismo no han sido más que para salvar el propio capitalismo. No hay reformas anticapitalistas. Keynes no se escondía de ser un liberal, ni de querer salvar el sistema liberal puesto en peligro por la crisis de 1929.

Deberemos detenernos aquí un instante sobre Keynes, presentado por el ciudadanismo como el economista de los milagros, remedio a todos nuestros males. Ante todo, cabe decir que Keynes conocía muy bien el capitalismo de su época, puesto que había amasado una fortuna personal de 500.000 dólares dedicando únicamente una hora y media al día a transacciones internacionales en divisas y bienes,

al tiempo que trabajaba para el gobierno inglés. Se entiende que el Crack de 1929 no le haya dejado indiferente.

El Crack de 1929 marca la entrada del capitalismo en su periodo moderno. Es el resultado de la formidable expansión del siglo XIX, que parecía no tener que hallar ningún límite, especialmente en América. El sueño americano llegaba a su punto álgido e iba a terminar en pesadilla. Este sueño reposaba sobre el espíritu de empresa, en la audacia empresarial de los herederos de los conquistadores del Oeste, pero fue abatido por la realidad del capitalismo, dónde las inversiones no se hacían por gusto al riesgo o espíritu de empresa, sino para lograr beneficios.

Alcanzado su madurez, el capitalismo comenzaba a estancarse y se empezaba a percibir que el crecimiento indefinido no era adquirido para siempre, como si de una ley natural se tratase. Las inversiones bajaban, o más bien se descalabraban. Las teorías económicas clásicas postulaban que mientras hubiese demanda, siempre habría oferta, obviando el hecho que las empresas no producen para administrar bienes sino para extraer la plusvalía de la producción. Fue en este contexto que intervino Keynes. El elemento realmente necesario era la inversión, saber crear nuevos mercados, inventar nuevos productos, entrar en el mundo del consumo de masas. En el contexto de la crisis, el Estado debía hacerse cargo del esfuerzo inicial, es decir: volver a poner, en la medida de lo posible, a trabajar a la gente, establecer una política monetaria inflacionista y crear infraestructuras como base sobre la que el capital privado pudiera reinvertir. ¿Quién fabricará automóviles, dice Keynes, si no hay suficiente carreteras?

De hecho, el presidente Roosevelt ya había empezado a poner en práctica esta política sin el preciado apoyo teórico que Keynes le aportaría más tarde. Tampoco debemos olvidar que la crisis de 1929 había echado a millones de parados a la calle, y que las “uvas de la ira” empezaban a madurar peligrosamente.

Vemos en todo caso que el keynesianismo es esencialmente liberal. Considera simplemente que el liberalismo no puede regularse por sí mismo, que el simple juego de la oferta y la demanda no es el motor que permitiría al capital crecer indefinidamente, y que es pues al Estado a quien le corresponde reconstruir las condiciones de crecimiento, para dejar paso posteriormente a los inversores privados. En 1934 Keynes escribe en una carta al New York Times: “Veo el problema de la recuperación económica de la siguiente forma: ¿Cuánto tiempo necesitarán las empresas ordinarias para acudir en ayuda de la economía? ¿A qué escala, por qué medios y durante cuánto tiempo los costes anormales del gobierno deben proseguir a la espera de dicha recuperación?”. Hemos subrayado “anormales”. Se ve claramente que la idea de Keynes no era de ninguna manera la de un control permanente y continuo del capital privado por el Estado o por diversas instancias internacionales. Keynes no era socialista.

De hecho, estaba tan lejos del socialismo que en 1931 escribió, en referencia al “comunismo”: “¿Cómo podría adoptar una doctrina que, prefiriendo el pan a las tortas, exalta al proletariado maloliente en detrimento de la burguesía y de la “intelligentsia”, que a pesar de todos sus defectos, son la quintaesencia de la humanidad y están ciertamente tras toda obra humana?”. Es verdad que la burguesía era entonces bien diferente a aquello en lo que se ha transformado, y que todavía no sentía la necesidad de lamentarse, junto a Viviane Forrester, sobre lo que ha convenido llamarse a despecho “el horror económico”.

Para terminar, es necesario señalar que las teorías de Keynes tenían sus límites, y que el capitalismo tiene otros métodos para “impulsar las inversiones”: 10 años después de la crisis de 1929, empezaba la guerra que iba a devastar el mundo, dar un golpe de látigo inesperado al progreso tecnológico, y hacer entrar el mundo industrializado en los felices años del consumo de masas. De hecho, Keynes en persona aportó su contribución a este “impulso de las inversiones” escribiendo un opúsculo titulado Cómo financiar la guerra.

Los ciudadanistas pretenden criticar el liberalismo valiéndose de Keynes. Ya que tampoco pretendieron nunca ser anticapitalistas se deduce de ello que, si están contra el liberalismo sin dejar de ser procapitalistas, están por lo que se llamó en otro tiempo “socialismo”, es decir, capitalismo de Estado. Así se entiende mejor la presencia de trotskistas en sus filas. Pero, lógicamente, también se defienden de esto. Es realmente complicado saber que es lo que quieren.

Afirmamos que actualmente no hay ninguna crisis capitalista y ellos, naturalmente, afirman todo lo contrario. En efecto, es necesario que haya una crisis para que se les necesite. La crisis es el elemento natural del reformismo. Creyeron encontrar una en el Sur-Este Asiático, pero esta crisis era más bien la prueba de que el capitalismo ha aprendido bien las lecciones de Keynes y que ya no cree que el liberalismo pueda regularse solo. Así es que la crisis asiática ha sido rápidamente sofocada, inclusive con algunas “consecuencias sociales”. Pero al capitalismo le traen sin cuidado las “consecuencias sociales”, mientras no se le ponga radicalmente en cuestión. Ya no habrá keynesianismo social, ya no habrá más Gloriosos Años Treinta. Eso también ha quedado atrás.

Si los ciudadanistas pueden hablar de crisis, es que primero habló de ella el Estado. Desde hace 30 años, se dice que Francia esta en crisis. Esta “crisis”, real en su inicio, ha sido luego una forma de justificar la explotación. Hoy en día, es la “recuperación” la que juega este papel y los reformistas están fastidiados. Ello les obliga a reajustar su discurso, siempre calcado al del Estado, y aquellos que nos hablaban de una crisis mundial generalizada nos hablan hoy de “repartir los frutos del crecimiento”. ¿Dónde está la coherencia?

¿Dónde están pues esos keynesianos antiliberales, esos reformistas sin reforma, esos estadistas que no pueden participar en el Estado, esos ciudadanistas?

La respuesta es simple: están en un callejón sin salida, en un impase.

Puede parecer descabellado afirmar que un movimiento que ocupa tan manifiestamente todos los ámbitos de la contestación pueda encontrarse en un impase.

Algunos verán en ello una afirmación gratuita, dictada por no se sabe bien que resentimiento. Sin embargo hemos evocado más arriba la descomposición y la desaparición de un movimiento mucho más viejo y dotado de una base social infinitamente más amplia y combativa, sin haber adoptado para ello ninguna precaución oratoria particular, tan evidente nos parece hoy esa desaparición. De la misma forma pensamos que otro movimiento social es posible sobre bases, hasta la fecha, inéditas.

IV. Ciudadanismo y ciudadanos

Cuando Ignacio Ramonet habla de desobediencia « cívica » y no de desobediencia « civil », marca una clara diferencia que muestra la relación que existe entre el ciudadanismo y su propia base. La palabra “civil” se refiere de forma objetiva y neutra al ciudadano de un Estado que no ha elegido nacer en él. El término “cívico” define lo que corresponde a un buen ciudadano, es decir, aquella persona que demuestra activamente que forma parte de ese Estado. Como lo podemos comprobar, la diferencia es esencialmente de carácter moral.

En efecto, una de las fuerzas del ciudadanismo reside en ese carácter esencialmente moral, por no decir moralizador. Pasa fácilmente de la denuncia de la “crisis” a la propuesta de “repartir los frutos del crecimiento” sin tener en cuenta los hechos y sin realizar ningún análisis. Lo que cuenta es tener la posición más “cívica” posible, es decir, la más generosa, la más moral. Y por supuesto, todo el mundo se posiciona por la paz, contra la guerra, contra la “mala-comida”, por la “buena-comida”, contra la miseria, por la riqueza. En resumen, más vale ser rico y gozar de buena salud en tiempos de paz, que ser pobre y estar enfermo en tiempos de guerra.

En un mundo que se sitúa enérgicamente, un siglo después de Nietzsche, más allá del bien y del mal, lo que más se vende es la moral. Pero esa necesidad de consolación es imposible de satisfacer.

Podemos ver por ejemplo el malestar que causó entre las filas de los ciudadanistas el penoso asunto de Givers. Esta revuelta tuvo la particularidad de ser al mismo tiempo, un resurgimiento arcaico de la agitación obrera y la manifestación de una desesperación muy propia de los tiempos de hoy. Un ciudadanista se preguntaba desde las páginas del periódico “Le Monde”, durante el motín, si la acción de los obreros de CELLATEX podía ser calificada de “acción ciudadana”. Podemos contestar: el agua hasta el cuello, totalmente perdidos, los obreros asalariados de Givers no disponían del optimismo y la inquietud bien pensante propia de los lectores del “Monde Diplomatique”, no son ciudadanos y no actuaron como tales. La impotencia, que manifestaron los ciudadanistas para actuar en tales circunstancias, demuestra de sobra que tipo de reacción podrían tener en otras circunstancias, a escala más grande. Naturalmente no tardarían en llamar a la represión de los malos ciudadanos, en nombre de la democracia, del Estado de Derecho y de la moral. En efecto, el discurso del ciudadanista en “Le Monde”

no iba encaminado a otra parte, ya que pretendía con su cuestionamiento insidioso (totalmente objetivo, por supuesto) impedir cortar cualquier simpatía que pudiera surgir y llamar a la razón los ciudadanos para preparar la posible represión (que no tuvo lugar, naturalmente, ya que en la situación actual, los trabajadores no tenían otra opción que negociar). De todas maneras, es interesante ver cómo en esta mini-crisis, un ciudadanista se apresura en proponer sus servicios de mediador al Estado. El ciudadanismo es potencialmente un movimiento contrarevolucionario.

El ejemplo nuestra también que el ciudadanismo es incapaz de reaccionar ante movimientos que no han sido creados por él mismo.

Por otro lado, es importante destacar que la base social del ciudadanismo es mucho más amplia y difusa que la formada por militantes de asociaciones y de sindicatos.

El ciudadanismo refleja las preocupaciones de una determinada clase media culta y de una pequeña burguesía que ha visto desaparecer sus privilegios y su influencia política a la vez que desaparecía la antigua clase obrera. La reestructuración mundial del capitalismo ha provocado la caída del viejo capital nacional y por consiguiente, la de la burguesía que lo poseía y de las clases medias que ésta empleaba. La antigua sociedad burguesa del siglo XIX, oliendo todavía a Ancien Régime [Antiguo Régimen], ha desaparecido por completo. La consolidación del Estado y la crítica de la mundialización actúan como nostalgia de ese viejo capital nacional y de esa sociedad burguesa, así como la crítica de las multinacionales no es sino expresión de la nostalgia de los negocios familiares. Una vez más, se lamentan de un mundo que se ha perdido.

Un mundo que se ha perdido dos veces, puesto que en el término “ciudadano” también se refiere a la antigua denominación republicana, sin duda alguna a la del inicio de la revolución burguesa y no a la de la Comuna de París (aunque una reciente película interminable y voluntariamente anacrónica que trata el tema parece indicar que se quiere recuperar también a la Comuna). Pero esa revolución se llevó a cabo y nosotros vivimos en el mundo que ella creó. Los sans-culotte se sorprenderían si vieran la transformación que ha sufrido la República que ellos mismos ayudaron a construir, pero de la misma manera que es imposible vivir dos veces la misma situación, los muertos nunca regresan. No obstante, puede ser que futuros sans-culottes vestidos de Nike anden algún día paseando por algún rincón de un moderno suburbio.

Mediante el ciudadanismo las clases medias desheredadas reconstruyen su identidad de clase perdida. De modo que un local “bio” puede presentarse como “un escaparate de los estilos de vida y de pensamiento ciudadano”. ¡Ojo! Que sepan las personas que no coman “bio” que no son “ciudadanos”. Un joven ciudadanista puede entonces llegar a simplificar rápidamente sus dudas sobre el proletariado: “¿Qué se puede esperar de ellos? Van a comprar a Auchan (un supermercado)”.

Los ciudadanistas no podrán, sobre las bases que ocupan actualmente, recuperar movimientos sociales más radicales ya que se encuentran visceralmente separados por completo de éstos. Llegado el momento, sólo podrán ofrecer al Estado que defienden una garantía moral para su represión. Las seudo-soluciones que proponen ante una situación de crisis real aparecerán como lo que realmente son, un medio para preservar el orden existente. Cuando importantes grupos de personas empiecen a buscar repuestas a sus situaciones concretas, las oposiciones abstractas y sin fin entre Estado y capital, “verdadera” democracia y democracia que vivimos o “economía solidaria” y liberalismo, son insuficientes. Un movimiento que surge de una gran crisis, es decir, del cuestionamiento de las mismas condiciones de existencia, no aguantara por mucho tiempo estos juegos.

Sin embargo, como los ciudadanistas están ahí, podrán ocupar durante un tiempo la revuelta, la cual podría también tomar la forma de un nacionalismo exacerbado, nacionalismo que ellos mismos habrán alimentado y desarrollado (actualmente ya existen las premisas por ejemplo la posición anti-americanista desarrollada por José Bové y muchos otros). No obstante, la crítica del capital mundializado no tiene que enfrentarse con la posibilidad de volver al capital nacional, defendido por el Estado. Si esta alternativa muy improbable entrara en juego, lo más probable es que se desencadene una guerra.

Como podemos ver, nada garantiza que el próximo movimiento social sea revolucionario. En todo caso, contribuirá a desenmascarar definitivamente el ciudadanismo, y puede que abra una nueva vía para retomar el muy viejo proyecto de transformar el mundo, más allá del Estado y del capital.

V. Ciudadanismo y revolución.

Todo el viejo movimiento revolucionario se basaba en el hecho de que los obreros tomasen las riendas del modo de producción capitalista, del que se sentían virtualmente dueños, visto el lugar efectivo que ocupaban en la producción. La automatización y la precarización de los años 70 han pulverizado ese lugar efectivo, que correspondía a una verdadera relación entre el proletariado y la producción. Algunos radicales, como los de la Encyclopédie des Nuisances o G. Carmatte (de Invariance), intuyeron o teorizaron dicha transformación. Sin embargo, no podían salir de la antigua concepción de la revolución sin abandonar la revolución misma, y de hecho es lo que ocurrió.

La Internacional Situacionista tan sólo preconizaba que “se emplearan mejor las fuerzas productivas” para crear situaciones mediante los consejos obreros. No vieron (pero, ¿cómo verlo en aquel momento?) que el modo de producción capitalista era capitalista y la automatización que ellos preconizaban no era un medio para liberar tiempo y “vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin obstáculos”, sino tan sólo un modo de extraer beneficio para el capital. Y tras la “contrarrevolución” de los años 70-80, se han conformado con identificar esa producción que los obreros no pudieron recuperar como fuente de todos los males.

En lugar de percibir la desaparición del viejo movimiento obrero como una nueva condición de un movimiento revolucionario naciente, y sobre todo como una oportunidad para es movimiento, lo han vivido como una catástrofe. De hecho fue una gran catástrofe para ese viejo movimiento obrero, su certificado de defunción. La gran mayoría de la generación posterior a los movimientos del 68 se ha perdido en el vacío ocasionado por esa derrota. Y no pretendemos en absoluto reprochárselo, ya que ni en un día ni en veinte años se puede olvidar una concepción vigente durante un siglo.

Hoy en día, se puede empezar a efectuar un balance. Desde 1995, hemos tenido el dudoso privilegio de poder observar como se reconstruía una ideología sobre las ruinas de la revolución. Hemos podido identificar rápidamente los nuevos aspectos de dicha ideología, pero hemos tardado mucho más tiempo en percibir su talante arcaico, es decir, lo determinada que estaba por la historia.

Anteriormente, hemos comentado que el ciudadanismo acomodaba los restos del viejo movimiento revolucionario. El ciudadanismo quiere ser hoy “reformista” porque en el fondo el viejo movimiento revolucionario no constituía una superación del capitalismo sino su gestión por parte de la “clase ascendente” que algún día se esperaba que fuera el proletariado. La “gestión obrera” del capital se ha convertido simplemente en “reparto de la riqueza” o ” tasación del capital”, la producción ha ido desapareciendo en favor del beneficio, del capital financiero y del dinero. Un eslogan francés proclama “De l\’argent, il y en a, dans les poches du patronat” [Dinero sí que hay, en los bolsillos de la patronal]. Y es cierto, pero ¿en nombre de qué debería llegar ese dinero a los bolsillos de los proletarios, perdón, los “ciudadanos”?

El viejo movimiento obrero, ya que no pudo llevar a la realización de la comunidad humana, se reduce, de forma obscena y reveladora, a conseguir parte de los beneficios capitalistas (aunque es importante comentar que si “sólo” se le pide dinero al capitalismo es porque sabemos que no podemos esperar nada más). Es sin duda motivo suficiente para desalentar a un viejo revolucionario, uno de aquellos que creía que podría construir un mundo mejor. Pero si la creencia de que se podía construir ese mundo mediante la gestión obrera del capital ya era una ilusión, también lo es creer que se puede obligar al capitalismo a compartir sus beneficios para sumo contento de todos los “ciudadanos”, si aceptamos que su dinero puede darnos felicidad. El ciudadanismo aborda el centro de una ilusión que tiene un siglo de antigüedad, y dicha ilusión, de hecho ya muerta, está a punto de ser destruida.

“Todo es nuestro, nada es de ellos”, proclaman obstinados los manifestantes. Sin embargo, el capital, esa masa de dinero que sólo pretende acumularse mediante la dominación de la actividad humana, y por consiguiente, mediante la transformación de dicha actividad según sus propias reglas, ha creado un mundo en el que “todo es de él, nada es nuestro”. Y no incumbe únicamente a la propiedad privada de los medios de producción, sino también a su naturaleza y sus objetivos. El capital no se conformó con apoderarse de todo lo necesario para que la humanidad pudiera sobrevivir, lo que constituyó el primer

paso de su dominación, sino que lo ha transformado, gracias a la industrialización y la tecnología, de forma que actualmente casi nada se produce para ser consumido sino sencillamente para ser vendido. Producir para satisfacer nuestras necesidades no puede venir del capitalismo. No queda prácticamente nada de la actividad humana precapitalista. El mundo se ha convertido realmente en una mercancía.

El capital no es una fuerza neutra que, “orientada” convenientemente, podría engendrar la felicidad de la humanidad de la misma manera que provoca su perdición. No puede “descontaminar de la misma manera que contamina”, como pretendía un ciudadanista ecologista, puesto que su propio movimiento lo conduce ineluctablemente a contaminar y destruir, o sea, el movimiento de acumulación y de producir para dicha acumulación pasa por encima de cualquier idea de “necesidad”, así como de la necesidad vital que supone para la humanidad preservar su medio ambiente. El capital tan sólo obedece a sus propios fines, no puede ser un proyecto humano. No existe “mundialización” otra. Ante él no están las necesidades de la humanidad, sino la necesidad de la acumulación. Si, por ejemplo, se dedica a reciclar, la rama que se cree para ello hará todo lo necesario para tener siempre cosas que reciclar. El reciclaje, que no es más que otra forma de producir materia prima, crea siempre más desechos “reciclables”. Además, contamina tanto como cualquier otra actividad industrial.

Para evitar confusiones, es importante que aclaremos que no compartimos la idea un tanto paranoica que ciertos “radicales” difunden, según la cual el capital contaminaría para crear un mercado de la descontaminación, o en cualquier caso que todo daño causado por el capitalismo engendraría mercados para arreglar dichos daños, como lo haría “un bombero incendiario”. Existen no pocos daños que nadie quiere reparar sencillamente porque su reparación no constituye ningún mercado. Prueba de ello es que la mayoría de las veces los Estados deben asumir solos el coste de las descontaminaciones, lo que puede conducir a una situación conflictiva entre los Estados y las empresas, conflicto que se hace visible en el debate “quién contamina / quién paga”. La verdadera cuadratura del círculo que el “capitalismo ecológico” debe resolver y lo que realmente está en juego en las “reglamentaciones ecológicas” es evitar los estragos y sobre todo los gastos, sin por ello ahuyentar a los inversores.

Nunca se trata de no contaminar más, sino de saber quién debe pagar cuando la contaminación es demasiado catastrófica y visible. El supuesto “mercado de la descontaminación”, contrariamente al del reciclaje, no existe realmente, ya que el único beneficio que se puede conseguir es el de conformarse con determinadas reglamentaciones y no supone nada más que una carga para las empresas, carga que les conviene limitar lo máximo posible. Nadie quiere descontaminar, como se pudo comprobar recientemente en la Conferencia de la Haya.

Podríamos desarrollar todavía más este tema pero sobrepasaríamos las intenciones de este texto. En cualquier caso, queda claro que no se puede plantear una gestión “humana” de la producción capitalista, y menos aún seguir con dicha producción tal como se encuentra. Todo está por reconstruir. La revolución también será el momento del “gran desmantelamiento” y el de la recuperación sobre bases inéditas de la actividad humana, actualmente casi dominada por completo por el capital.

El viejo movimiento revolucionario manifestaba el vínculo que unía capitalismo y proletariado. Hasta el más explotado de los obreros podía sentirse depositario, a través de su trabajo, de un mundo futuro en el que el trabajo dominaría al capital. El Partido era al mismo tiempo una familia y el germen de un estado obrero, por lo que todos los jefes sindicales podían sentirse vinculados a la comunidad obrera del presente y del futuro. Las transformaciones del modo de producción capitalista de los últimos veinte años han pulverizado todo esto y han generado la separación de los individuos.

En el transcurso de su expansión, el capitalismo tuvo que destruir las antiguas comunidades de origen campesino para crear la clase obrera que necesitaba. Y justo después de haberla creado, debe destruirla de nuevo, y se encuentra con el problema de integrar a millones de individuos en su mundo.

Los ciudadanistas proponen una respuesta irrisoria cuando intentan recomponer el vínculo que unía antiguamente a la “clase obrera” mediante otro que uniese a los “ciudadanos”, es decir, el Estado. La voluntad de reconstituir dicho vínculo a través del Estado se manifiesta en el nacionalismo latente de los ciudadanistas. Se sustituye el capital abstracto y sin rostro por figuras nacionales por el bigote de José Bové o la rehabilitación del himno zarista en Rusia (por supuesto que en este caso no se trata de ciudadanismo, sino de la manifestación de un nacionalismo mucho más general e igualmente sin ninguna salida). Pero el Estado sólo puede proponer símbolos y sucedáneos a esos vínculos, puesto que él mismo está saturado de capital, para así decirlo, y tan sólo puede agitar sus símbolos en el sentido que le dicta la lógica capitalista a la que pertenece.

Proponer al “ciudadano” como vínculo manifiesta la existencia de un vacío, o mejor dicho, que incumbe ahora al capitalismo, y únicamente a él, la tarea de integrar a esos miles de millones de personas que se encuentran privadas de la comunidad. Y debemos constatar que, hasta ahora, lo consigue a duras penas.

Sin embargo, se sigue percibiendo al capitalismo como una fuerza exterior y hostil a la humanidad, ya sea porque la priva de pan o porque la priva de “sentido”. En las sociedades capitalistas avanzadas esto se manifiesta mediante la fuga de individuos separados hacia lo que los sociólogos denominan “la esfera privada”, es decir, el ocio, la familia o lo que queda de ella, la pandilla de amigos, etc. De esta forma, se desarrolla lógicamente un mercado de la separación que se materializa en las herramientas de comunicación-consumo. Pero en el mundo de las mercancías, ese consumo del “estar juntos” acaba siendo un “poseer solo” que vuelve a caer en la separación que en un principio debía paliar.

El propio trabajo, que constituye siempre la principal fuerza de integración del capital, se percibe cada vez más como una obligación exterior y ya sólo sirve de un modo muy marginal para dibujar la identidad de individuos cada vez más perdidos en la masa y cada vez más faltos de identidad propia. En el momento en que las profesiones desaparecen y se ven reemplazadas por funciones que no requieren ninguna competencia particular, esta situación no es nada sorprendente. El “mundo del trabajo” también se ha convertido en el de la incompetencia. Algunas personas perciben esta dinámica de descalificación como algo decadente (y la dinámica de la integración mediante el capital crea sus propios “bárbaros” internos), pero también conlleva una desmoralización del trabajo, considerado por todo el mundo como algo vacío de sentido, puramente arbitrario, una obligación exterior, una explotación. La moral del trabajo que compartían antiguamente burguesía y proletariado se está diluyendo en el movimiento de la integración capitalista.

La integración capitalista (problema central que tendremos que afrontar más adelante) se percibe cada vez como algo más artificial, y en todos los casos, es muy problemática, y conduce a lo que se podría denominar una neurosis de masa, relacionada con el sentimiento de haber perdido todo el control sobre su propia vida. El próximo movimiento revolucionario no podrá eludir esta constatación, ya que dicha impotencia, que corresponde a lo que se denominó en otro tiempo alienación, forma parte integrante de nuestra relación con el mundo capitalista.

VI.- “¡Proletarios del mundo, no tengo ningún consejo que daros!”

No vamos a hacer el ridículo presentando aquí lo que deberá ser el próximo movimiento revolucionario. Nadie puede decirlo con certeza sin caer en una ideología de recambio. Aún y así, podemos imaginar a partir de lo que ya existe lo que este movimiento podrá ser, es decir, lo que en la situación presente es el germen de una situación futura.

La mundialización del capital y la disolución de los capitales nacionales implican que se tratará de un movimiento mundial, y no precisamente bajo la forma caricaturesca de una acción contra la OMC o la CNUCED[?]. No se tratará de ir quemar Frankfurt o Bruselas, sino de actuar contra el capitalismo tal y como aquí se presenta, donde nos encontramos: porque aquí, donde nos encontramos, es dónde se juega realmente la mundialización. La mundialización del capital también es la mundialización de la lucha, y cuando se decide en Nueva York lo que se produce en México y se empaqueta en Pas-de-Calais [una región en el norte de Francia], todo ataque local tiene repercusiones globales.

La disolución de la conciencia de clase y del viejo movimiento obrero, tienen también como consecuencia que cada uno se encuentra solo en su vida, frente a la explotación y la dominación, de forma simultánea. Ya no hay refugio posible, ni comunidad dónde replegarse. La identidad que uno se construía a través del trabajo tiende a disolverse y ser progresivamente sustituida por la esfera de lo privado, de la peña de amigos o familiares, del ocio.

Pero con la masificación del ocio, la descomposición de la familia y la brutalidad de las relaciones sociales, lo particular se encuentra constantemente re-expulsado hacia lo general. El hombre moderno es un hombre público.

Nunca, a lo largo de toda la historia de la humanidad, las personas se han visto obligadas a pensarse de forma tan global, en tanto que humanidad, a escala mundial. Esto implica a la vez sufrimiento (por lo que se entiende fácilmente que algunos puedan sentirse atraídos hacia Zerzan [teórico neo-primitivista de los EE.UU.] o Kaczinski [más conocido como “Unabomber”], entre otras regresiones) y la condición misma de la propia liberación. Los primitivistas quieren liberarse de la humanidad, volver a la armonía primordial de la comunidad restringida y aislada. Pero tal regreso es imposible. No hay afuera del capitalismo.

En 1860, Marx aun podía escribir en El Capital: “Para reencontrar el trabajo común, es decir la asociación inmediata, no es necesario regresar a su forma primitiva natural, tal como aparece en los albores de todos los pueblos civilizados. Tenemos muy cerca un ejemplo en la industria rústica y patriarcal de una familia de campesinos que produce para sus propias necesidades (…)”. Este “ejemplo” ha desaparecido.

Toda la actividad humana, o casi toda, está regida por el capitalismo, lo que lleva a algunos -Zerzan o Kaczinski, y muchos otros- a añorar los “buenos viejos tiempos”, sean primitivo-funcionales o patriarcal-artesanales. Pero ninguna de estas formas de organización social supo resistir al capitalismo, por lo que nos parece muy difícil que puedan constituir su futuro, a menos que se postule una naturaleza de la humanidad cuya manifestación serían estas formas, y también una autodestrucción del capitalismo (es decir, del mundo) en una catástrofe tras la cual podrían con toda comodidad volver a ocupar su lugar, momentáneamente usurpado. Pero esta “autodestrucción” del capitalismo, también sería la nuestra, por lo que debemos plantearnos el futuro a partir del capitalismo, nos guste o no.

Hemos visto que la globalización de los individuos desborda considerablemente los límites del trabajo asalariado. Cada uno de los aspectos de la vida está sometido a esta globalización, con lo que cada uno de los aspectos de la vida pedirá ser transformado unitariamente. Dicho de forma más llana, hoy no se puede cambiar nada sin cambiarlo todo. Esta será la principal condición de la revolución venidera.

De forma muy concreta, cada problema que heredaremos del capitalismo, no podrá resolverse más que a escala de una sociedad entera. Residuos nucleares, transportes, agricultura, todo esto nos llevará a decisiones y modos de organización que deberán ser tratados globalmente, fuera de la propiedad privada y de la división jerárquica del trabajo. Y no se tratará sólo de trabajo.

El “mundo sin fronteras” que el capitalismo ha creado para la mercancía será efectivamente un mundo sin fronteras para la humanidad. No habrá derecho de aduanas.

Dejaremos para más adelante la necesidad de desarrollar todo lo que esto implica. También podríamos analizar lo que podrían ser las formas de organización que las personas adoptarían, pero la enorme cantidad de problemas prácticos que pueden llegar a plantearse será tal que deberán ponerse en práctica necesariamente soluciones inéditas y sin duda, marcadas a menudo por la urgencia. La iniciativa individual será quizás entonces tan importante como el consenso general, a sabiendas de que son irremplazables entre sí. El debate queda abierto, y también es respecto a todas estas preguntas, que debemos “saber esperar”.

VII.- Conclusión provisional

Hemos intentando evocar en este texto los principales límites y debilidades del ciudadanismo. Queda claro que no se trata solamente de límites o debilidades “teóricas”, sino muy reales y que le resultarán fatales a corto o largo plazo.

Tampoco se trata de quedarse sentado de brazos cruzados, “esperando” a que el ciudadanismo se derrumbe, dejando lugar mágicamente a la revolución. Sin duda, a este movimiento todavía le quedan muchos recursos, es capaz de adaptarse a nuevas condiciones. Pero hemos precisado aquí a qué “condiciones” no sabrá adaptarse. En cualquier caso, no hemos hecho más que esbozar la crítica, que otros proseguirán.

Otra pregunta a la que hemos tratado de responder, es aquella que trata la forma de abordar la crítica. Demasiado a menudo, algunos revolucionarios critican a los que consideran reformistas, bajo el único pretexto de que no son revolucionarios. Eso es presentar el debate como si se tratara de un simple debate de opiniones, en definitiva iguales o igualmente vacías: palabras vacías frente a la todopoderosa realidad objetiva del mundo. De proceder así, se puede defender cualquier cosa: preferir los indios de Zerzan a los cowboys de Kaczynski, el Renacimiento a la sociedad industrial, los proletarios con gorra a los jóvenes raperos con Nike.

El próximo movimiento revolucionario, también deberá hallar su propio lenguaje. Probablemente no se expresará en los términos que aquí se emplean, que son los de una cierta tradición teórica. El lenguaje teórico que empleamos, es una herramienta para comprender la revolución que vendrá, pero no es esa revolución. Deberemos salir del empleo mágico-afectivo del lenguaje, que es el lenguaje de la alienación contemporánea, el lenguaje de los que no tienen ningún poder práctico sobre el mundo y que no puede, por lo tanto, hacer otra cosa que soñarlo. Solamente los que no tienen ningún poder sobre el mundo pueden decir lo que sea sin miedo a ser desmentidos, ya que saben que su discurso carece de consecuencias.

En el mundo de la integración capitalista, ya no hay ni verdad ni mentira: sólo sensaciones efímeras. Y debemos dejar de temer a la verdad. Sí ocurre a menudo que percibimos la voluntad de decir la verdad como una dominación -un “fascismo”, una voluntad de hegemonía del discurso- es porque en el mundo capitalista sólo los que dominan pueden pretender decir la verdad, ya que son ellos quienes la crean, quienes detentan el monopolio de la “palabra verdadera”. Pero esta verdad es tan manifiestamente falsa, y nuestra impotencia a la hora de contestarla tan aplastante, que acabamos asqueados de cualquier tentativa de buscar la verdad: finalmente terminamos dudando de la posibilidad de poder decir cualquier cosa cierta, es decir, en la medida de nuestras posibilidades, hacer inteligible el mundo en que vivimos.

En lo arbitrario del espectáculo, todo es cuestión de “puntos de vista”. Desde “su punto de vista, cada uno puede a la vez tener razón o no tenerla, y la indiferencia liberal respeto al otro se manifiesta en el respeto a todas las “opiniones”.

La llamada “revolucionaria” a la subjetividad, residuo del surrealismo y del situacionismo vaneigemista [Vaneigem era miembro de la Internacional Situacionista], es hoy más reaccionaria que nunca, cuando el capitalismo mismo llama a la separación gozosa: “Soñad, nosotros haremos el resto”. Al contrario, debemos hallar de nuevo un lenguaje común. Sólo podremos realmente construir nuestra subjetividad siendo capaces, junto a otros, de captar la objetividad del mundo que compartimos. Entender es dominar, luego poder cambiar el mundo. Empezar a tratar de entender es reestablecer la comunicación con aquello que nos rodea, quebrar el hielo que nos separa.

No hemos criticado a los ciudadanistas porque no tengamos los mismos gustos, los mismos valores o la misma subjetividad. Y tampoco hemos criticado a los ciudadanistas en cuanto personas, sino al ciudadanismo en cuanto falsa conciencia y en cuanto movimiento reaccionario, como se decía antes; es decir, como movimiento que contribuye a ahogar lo que todavía sólo está en germen. Lo hemos criticado históricamente, o al menos esa era nuestra intención.

Tanto es así que no dudamos que una gran cantidad de personas, empalagadas por las contradicciones del ciudadanismo en su loable deseo de actuar sobre el mundo, se unirán un día a aquellos que desean transformarlo realmente.

No somos ni más ni menos “radicales” que el momento en el que nos encontramos.

Alain C.

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